fabricio estrada, honduras
El regreso a la vaca perdida
Un hombre puede quedar vacío si se toma demasiado en serio, idea tras idea, limpio el cráneo para un cenicero. Hay cruces atiborrando las bodegas y pelucas de juez que se miden con mucho cuidado, Al igual, un hombre puede reunirse y vaciar de un trago sus recuerdos, ni más ni menos, ebrio en las estaciones contemplar los buses y a su gente en las ventanillas enmarcados como tristes cuadros de la asfixia.
Tengo presente el llanto en los mataderos y el largo cruce de mirada entre la vaca y el niño. El resoplar de la sangre como una lona zarandeada por el viento, el mugido interrogante y los ojos acuchillándole todo el laberinto de las vísceras.
Ayer creía verme despierto envuelto en el aura de las palomas y deteniendo en mi soplido la caída de las estatuas. Quizá de allí la vaca y su relación con lo perdido, eso que buscamos en los archivos del tedio y entre el polvo que los lavabos trasiegan. Una estatua me decía que su amor eran las ondulaciones del humo y el poder del cigarrillo besando a cualquiera. Habían corazones en la historia, claro, con seguridad una lengua lasciva burbujeando en las palabras. Pero yo estaba en el asunto de los buses y sus museos ambulantes, fascinado bajo el farol que me rodeaba como una polilla. Ni siquiera hablaba en griego esa noche y por lo tanto, Helena, nada tenía que ver con mi guerra. Era yo y mis zumbares, nada más, la miel empalagosa de la memoria, el sentido absurdo de regresar a una vaca que te miraba y te preguntaba sin decir absolutamente nada.
|
Por lobitogabriel - 5 de Junio, 2007, 9:49, Categoría: poesia
Enlace Permanente
| Comentar
| Referencias (0)
|